miércoles, 14 de marzo de 2012

Carta de amor ( la presenté a concurso, pero le dieron calabazas ;)


Hola Luis. Escríbeme sólo si es necesario, me dijiste, por eso lo hago. Es necesario. He borrado recuerdos. Despacio, como tú me dijiste que hiciera. Hazlo despacio, dijiste. Así dolerá menos. Tenías razón. Los he ido haciendo desaparecer. No ha sido fácil hacerlo despacio, pero lo he conseguido. Al principio los quitaba de en medio más rápido, sin despedirme casi, como hiciste tú conmigo. Eso me pasó con tu camisa, la de cuadros verdes, que la tiré a la basura sin romperla en jirones, o sin quemarla despacio sobre el gres de la terraza. Fue demasiado rápido y claro, no me hizo sentirme bien. Es que fue demasiado rápido. Despacio, me habías dicho. Luego me acordé. Me acordé. Con el libro de Banksy, ese de los grafittis que te gustaba, sí que lo hice: rompí una a una las páginas del libro. El que no encontrabas, ¿el de Banksy, te acuerdas? Estaba detrás de la nevera, debió de caerse por ahí, o quizá sólo quería esconderse. Pero lo descubrí. Y lo saqué de su escondrijo. Y me acordé de lo que me dijiste. Hazlo despacio, así dolerá menos. Cada página la troceé con los dedos, con calma, en trozos minúsculos y casi cuadrados. Casi perfectos. Con un rasgado furioso se quejaba cada una de aquellas hojas. Como si hablaran. Como pidiendo perdón al final. Disfruté. Parecía que me hablaban, de verdad. Tenías razón. Hazlo despacio, me insististe, creo, varias veces. Te hubiese gustado ver aquellos trozos, como haciendo grupito para no caerse. Arrastrados como suicidas. Desde el balcón. Caían lentamente hacia abajo. El viento se encargaba de empujarlos. Los coloqué en fila, sobre el balcón. Parecían esperar su condena. Y los veía todo el rato, no creas. Por eso sé que algunos trataron de mecerse con las corrientes de aire, para evitar caer abajo, pero no lo conseguían. Fue estupendo ver como algunos de ellos, además de caer, eran aplastados aún más por los coches que pasaban. Si es que alguno podría aplastarse más.

Lo de las plantas, además, fue liberador. ¿Te acuerdas? Yo siempre te negaba eso de que las plantas nos hablan si escuchamos. Tenías razón. La orquídea blanca, la que me regalaste por mi cumpleaños, podía hablar. Me habló durante los quince días que la tuve en la terraza. A pleno sol por el día. Sin agua. Marchitándose y borrándote con su muerte; secándose primero las flores. Intentando ahorrar energía y sobrevivir. Rogándome. La oía sobre todo por las noches, cuando había más silencio en el edificio. Con la oreja pegada a su tallo, oía un por favor, un poco de agua. Por favor. Era clarísimo. Tendrías que haber estado. Fue genial. Primero dejó caer los pétalos, como para soltar carga, la muy cobarde. Luego las hojas se fueron secando, doblándose hacia el suelo, implorando compasión. Y cuanto más lenta fue su agonía, mejor me fui sintiendo yo. El sufrimiento ajeno me descubrió otra satisfacción aún mayor para acompañar tu despedida. Y durante unos días creí que no habría nada mejor. Me equivoqué. Hay otra sensación mejor que la de deshacerme de ti poco a poco. Despacio, como me dijiste que hiciera. Fue bueno descubrirla. Una de tus maquinillas de afeitar. Con su cuchilla muy poco usada. En un cajón del mueble blanco del cuarto de baño. Aún corta de maravilla. La hago pasar por mi piel. Por cualquier parte. Me gusta deslizarla haciendo pequeños cortes. O más largos, a mi antojo. Despacio. Como dijiste. Y con dolor, se te olvidó recomendarme. Deberías probarlo. Ya casi se me olvida porqué lo hago. Sólo sé que me fascina ver cómo al pasarla por la piel, va cortando y duele un poco, pero poco y se me olvida todo al ver como sale una raya finísima roja de sangre, que gotea despacio por la alfombra de la sala. Un goteo perezoso. Pero rítmico, acompasado, que me ayuda a cerrar los ojos. Me hace tumbarme en el sofá de la sala, el de piel de melocotón azul. Dejo que la sangre vaya manchando, el sofá o la alfombra gris, da igual. Poco a poco. Deberías probarlo. A veces hasta me quedo dormida un rato. Y descanso. No te preocupes, nadie lo nota. Sigo usando los vaqueros para todo, como a ti te gustaba y nadie se da cuenta. Además, aún no he vuelto a la oficina, así que no hay de qué preocuparse.

Escríbeme si lo necesitas. Sólo en ese caso, me dijiste. No lo he olvidado. Por eso lo hago. Tengo miedo de no poder seguir sintiendo ese dolor que tanto me ayuda. Y sé que tú lo entiendes perfectamente. Verás, la cuchilla falla. Empieza a cortar como no debiera. He escuchado un siseo más sordo que las otras veces desde ayer. Incluso por la piel del dorso del brazo, que es más fina. Antes el sonido era limpio. Eficaz. Consolador. Debo tener cuidado. Antes de que me quede sin ella y no pueda superar lo nuestro. Seguro que me entiendes. Necesito otra. Tú me dijiste que escribiera si te necesitaba. Estaré siempre que me necesites. Con una o dos me iría bien. Yo haría lo mismo por ti. Podrías dejármela dentro del buzón, en el portal. Tienes unas llaves. Yo no he cambiado la cerradura ni nada por el estilo. No hace falta que vengas a casa. En el buzón estaría bien. Tengo que seguir con esto, es lo único que me está ayudando. Mejor tres, por si acaso. Serán suficientes para una temporada más larga. No puedes negarte. Hago lo que me dijiste; voy borrando todos los recuerdos. Y sigo haciéndolo. Déjalas en el buzón. Ahí es un buen lugar. Escríbeme sólo si es necesario. Es necesario.Por eso lo hago.

Con todo mi amor, que aún lo es,

Laura.

2 comentarios:

  1. Pues que me sigue pareciendo muy buena.

    Para mí ganadora, ya sé que no es un gran premio pero oye.

    Besos

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  2. Yo también tengo debilidad por este texto mío, la verdad!
    Gracias Rosana!!!

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