miércoles, 31 de julio de 2013

Viernes, 2 de agosto, concierto en las Ruinas de Santo Domingo

Muy buenos días:

El próximo tendré el inmenso privilegio de leer cuatro microrrelatos escritos por mí,  ante un público que habrá acudido a un lugar especial para escuchar las canciones de un artista aún más especial: Gustavo Almeida. 
Tengo los nervios enredados con la ilusión. A partes iguales. Se me regala un momento único que yo, ni de lejos, podría haber organizado. 
Ojalá que alguno de los que os acercáis por mi lareira vengáis a escucharme. Eso, para mi, ya sería la leche. Así, además, podría daros un abrazo y las gracias por leerme; tantos días y texto tras texto. Eso me encantaría.
No me voy a poner pesada, pero ojalá nos veamos.
Os dejo los cuatro textos que voy a leer: ya los conocéis, creo, pero es los traigo de nuevo, para refrescaros la memoria.
Os dejo un abrazo y la promesa de otros más si es que os venís el viernes... ;)))) -vale, me callo...


Amor condenado 

Ese tic-tac débil y apagado, anuncia  se acaba nuestro tiempo: el mecanismo va a detenerse otra vez. Desesperada, te busco en el horizonte curvo que dibujaste al partir. Nada. 
 Maldigo mi naturaleza lenta que me impide salir  a buscarte. 
Entonces te siento, justo detrás de mí, a cinco minutos de distancia. No voy a rendirme ahora -dices mientras tratas de forzar tu resorte-Contraviniendo las leyes que rigen el paso de las horas, lo consigues y me alcanzas.  
Y así ,abrazados al fin, permanecemos hasta que alguien nos 
descubre y vuelve a darle cuerda al maldito reloj. 


La amenaza

Con el pijama puesto y a la luz de la linterna, Javi pasa revista: de frente, sobre la alfombra de la puerta de la entrada, ha colocado el coche negro de policía; ante la puerta del baño, ha dejado el barco pirata; entre la puerta de la cocina y la del salón ha sentado al tigre de peluche y haciendo guardia en la puerta de la habitación de su madre, ha alineado el avión de combate, el jefe indio con toda la tribu, el tiranosaurio rex y el muñeco de la capa azul con superpoderes. 
Por si vuelve.


 Goliat

Papá y él ya no juegan, ni al dominó, ni al mus, ni a nada.
−El  abuelo está olvidando cómo se hacen las cosas –me explica papá.
Es cierto: ya no sabe conducir el coche para irnos al fútbol, ni cómo arreglarme la bici; por eso cada tarde, cuando vuelvo del cole, lo llevo  de la mano al jardín y le recuerdo cómo hacer para que salgan los grillos de sus agujeros, cómo sujetar la caja de los bichos sin levantar la tapa para que no se escapen y cómo hay que quedarse muy quieto mientras atrapamos mariposas.



Corazón de niño

  Como tantas veces había hecho cuando era pequeño, al llegar se sentó en el último banco. Sus ojos rastrearon la nave de la iglesia: apenas diez personas demasiado ocupadas en sus rezos como para mirarle. Bien. Se levantó del banco, y apoyándose en el bastón se acercó con calma al retablo y  fue encendiendo una a una las velitas a los pies del santo; sin echar ni un solo céntimo.
Sonriendo volvió a su sitio: podía quedarse a disfrutar de su travesura. Ya no tenía que salir a toda prisa, como antes; y tampoco temía ya que alguien fuese a tirarle de las orejas. A sus casi noventa años, la edad le había concedido por fin, el camuflaje perfecto.




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