sábado, 19 de octubre de 2013

Relato: La cicatriz


Sabe que odio que vengan a molestarme mientras leo. Pero también sabe que con él hago siempre todo tipo de excepciones; por eso, para cuando me doy cuenta, lo tengo asomado con una sonrisa por encima del libro que leo tumbada en el sofá.
─Cariño, ¿qué haces agazapada entre tantas letras? –pregunta haciéndose un hueco a mi lado. 

─Trato de terminar este relato.

─Y es de lo más interesante, ¿a qué sí?

─Mucho.

─Ya sé que corro el riesgo de ganarme  una patada en el culo ─dice zalamero─ pero, tengo algo que contarte. Además, yo creo que ya es hora de que lo dejes; te has pasado casi toda la tarde leyendo y sin hacerme ni caso… y yo, que sabes que no puedo vivir sin ti, te he echado tanto de menos que he tenido que acercarme porque me he puesto malo. He sentido una opresión en el pecho como si me faltase el aire y todo…no sé, mira, aquí…

Aparto los ojos de la página.  Sonrío ante esas manos crispadas sobre el pecho y esa mueca retorcida.

─Ya veo, ya.

─Me guiña un ojo─ ─Y no veas lo que duele.

─Buf, vale…está bien. Venga, dime qué quieres contarme.

 ─Bueno, espera… hay algo más…

─No me digas.

─Sí.

Cierro los ojos cuando comienza a besarme la piel del hombro. Desliza la tira del vestido de algodón hacia abajo, liberándolo. El libro, cae sobre mi pecho. Él lo aparta.

─También me asusta que te pases tanto tiempo leyendo a este tipejo –susurra- creo que hice mal en presentarte a Cortázar… ¿Y si acabas enamorándote de él? No podría soportarlo.

─Cortázar murió hace más de veinte años  ─le digo, riéndome.

─Lo sé, mi vida, pero yo, cuando se trata de ti, me celo hasta de los fantasmas, y quién sabe por dónde andan. Lo mismo los tenemos aquí, en esta sala, observándonos, acechándonos… Escucha, shh…quizá podamos sentir su presencia…

Nos quedamos en silencio. Aparte del levísimo zumbido del ventilador de madera que refresca la tarde, lo único que puedo oír con claridad es mi propia respiración;  se acelera descontrolada al sentir el tacto de sus labios tan cerca de los míos. Le miro: lo que veo en sus ojos es el reflejo de mi propio deseo.

Me besa. Mi lengua busca enredarse con la suya al sentirla dentro de mi boca.

Se aparta ligeramente. Ahora es él el que me sonríe. Tiene una sonrisa preciosa. Mi mano le acaricia la cara.  Las mejillas. La línea perfecta de su nariz. Los párpados. Me detengo sobre la cicatriz que tiene sobre la ceja. Esa cicatriz. Me gusta. Anclada a la ceja, como una palmera a su isla. Algo inclinada sobre sí misma. Solitaria. Como él, a veces.

 Un gemido contenido se me escapa, cuando su cuerpo se recuesta  sobre el mío, presionando mi pubis. Y en cuánto sus labios se alejan recorriendo mi cuello y  llenándolo de besos, una estela de piel inquieta lo alborota todo en mí.

─Humm, parece que, a pesar del calor  de agosto, puedes sentir algún que otro escalofrío ─murmura, mientras su lengua busca llegar a mis pechos.Mis manos se deslizan por su camiseta, tratando de hacerse un hueco por su pantalón.
─Eh, espera ─dice levantando la cabeza.

─¿Qué?

─No espera.  Quiero contarte una cosa, amor mío.

Ese amor mío se me deshace lento en el paladar. Trato de volver a atraerlo hacia mí. Me sujeta las manos con delicadeza. Mis ojos se quejan con un por qué. No contesta. Me revuelvo incómoda, pero no me concede los segundos que necesito para enfadarme:

─Es importante.

Le miro. Un mar de arrugas se dibuja sobre su frente: me sorprende la seriedad que tiene de pronto.

─Eh, cariño, ¿qué pasa?

Mi mano se adelanta tratando de desdibujar la inquietud de esas arrugas que van de sien a sien  y que orillean la cicatriz.

Se incorpora sentándose a mi lado.

 —Quiero contarte algo que me sucedió en el pasado. Cuando era un adolescente. Es algo que aún no sabes. Y necesito que lo sepas.

 ─Yo creía que lo sabía ya casi todo sobre ti, y mira tú por dónde, me vienes con secretitos ─le digo sonriendo.

No me devuelve la sonrisa. Me incorporo, sentándome a su lado.

─Vale, pues venga, adelante, soy toda oídos.


Un silencio prolongado es testigo, como yo, de su indecisión repentina.

─Sí, pero…vamos mejor  a la terraza, ¿te parece?… aquí dentro, no sé, me agobia. Hace calor. Ahí fuera quizá sople algo más de aire…¿Te apetece una cerveza?  Espera, voy a por un par de ellas a la nevera.

 El atardecer está trayendo algo de brisa, es cierto. Sopla delicadamente. Me apoyo sobre la barandilla, recalentada igual que el terrazo bajo mis pies por el sol de todo el día.

─Qué pena que, con tanto tejado, no podamos ver una auténtica puesta de sol ─se queja entrando con las cervezas en la mano.

Mis ojos, sin embargo, disfrutan con ese ocaso sobre el horizonte de edificios y  bullicios ajenos. La cerveza está fría, bien fría, como sabe que me gusta. Le doy un trago largo. El también se apoya sobre la barandilla, a mi lado.

─Sucedió cuando yo estaba en el instituto: ¿recuerdas que te he hablado de Marta, mi primer amor, la chica con la que salí desde los trece? Después de año y medio saliendo juntos, me dejó. Fue terrible para mí. Me sentí abandonado como un maldito perro. Dejé de comer, de dormir, de ir al instituto, de salir de casa, de contestar a las llamadas telefónicas de  mis amigos,… todo. Nada tuvo sentido para mí desde aquel día terrible…si ella no estaba a mi lado, ni yo, ni la vida merecíamos la pena. Por eso lo hice.

 Se detiene. Me giro hacia su perfil, que se ha clavado en algún punto del horizonte. Ahora es él el que bebe un trago largo.

─Lo planeé durante días ─continúa─, fantaseando con las distintas formas de hacerlo. Al final, me decidí: mi abuelo tenía en su casa una escopeta de perdigones.

 ─¿ Qué? ─pregunto─.

─Algo salió mal ─añade sin contestarme─. Después del llanto de mis padres y las semanas de hospital,  ya sólo me quedó…

Se lleva la mano a la frente, sobre la ceja. La cicatriz.

Un escalofrío me eriza la piel.

─¿Intentaste suicidarte?

─Sí.

─Joder.

Ahora soy yo la que vuelve la mirada hacia ese cielo recortado de tejados y antenas.

Él se gira hacia mí.

─Estaba desesperado.

No digo nada. Sólo rastreo el horizonte. El sol va a ponerse.  Las sombras se agrandan sobre las fachadas. Mis ojos se fijan al campanario de la iglesia vecina. Un gorrión ha detenido su vuelo sobre el voladizo del tejado.

─Fue raro, no sé, me dejé ir. El amor es lo único por lo que de verdad vale la pena vivir.

─Amor mío ─le oigo decirme.

No puedo apartar los ojos del pájaro.  Se ha acercado al borde, desconfiado, yendo a saltitos de un lado a otro a lo largo del tejadillo. Quizá tenga miedo. Quién sabe del miedo de los pájaros a volar. Hay mucha altura desde aquí arriba.

─Amor mío, dime algo.

  Siento su aliento cerca de mi cara. Una de sus manos trata de coger la mía. Giro la cabeza. La miro: quizá fue con esa con la que apretó el gatillo. Esa mano que conoce todos y cada uno de los pliegues de mi piel. No es posible, pero parece ajena, distinta. Como si fuera la primera vez que la veo.
Siento cómo a la mía la sacude un pequeño temblor, como un aleteo asustado.

─Mírame ─dice, tirando con delicadeza de mi barbilla hacia la suya─. Quería que lo supieses todo sobre mí. Lo que tenemos me importa más que nada.

─¿Y quién te ha dicho que yo quería saberlo todo sobre ti? ─digo, levantando la voz de pronto.

─Dentro quedó alojado uno de los perdigones —se excusa—. Se vería perfectamente con una radiografía o con cualquier otra prueba…

Levanta su mano con la mía atrapada debajo. Me la lleva hasta la cicatriz. La palmera que yo siempre veía ha desaparecido; en su lugar hay piel cicatrizada, de un brillo carnoso. También percibo con el dedo un ligero hundimiento en el centro de ese remiendo vertical cosido con urgencia. La piel está ahí más rugosa. Y sí, hay algo duro. Mi mano se aparta con la rapidez que concede la grima.

─Lo siento…─me disculpo─ Es que…

─Tranquila. Déjame que te abrace.

Siento sus brazos aferrados a mi espalda. Por encima de su hombro, mis ojos buscan el campanario. El pájaro sigue ahí. Ha desplegado las alas. Permanece quieto. A la espera de algo, quizá.

─No quiero que esto cambie nada entre nosotros, amor mío.

No sé qué tengo que decir, no sé qué quiero decir.Vuelvo al pájaro. Me invade una angustia desconocida al verlo ahí, tan quieto: tiene que hacer algo; no puede quedarse. Está oscureciendo de prisa. Ha de buscar cobijo.

De pronto, un grito, me sacude por dentro y sale de mi garganta, desgarrándola, llenándolo todo.

─¡Vuela de una maldita vez! ─ le digo con todas mis fuerzas─ mientras me libero de los brazos que tratan de retenerme.

Espoleado por el miedo, agita con fuerza sus alas y levanta el vuelo. Imagino su pequeño corazón desbocado bajo el plumaje. Como el mío.

Pero él vuela. Y yo, le sigo con la mirada hasta que lo pierdo, volando largo, en el horizonte.


Y entonces, sí, la noche llega, asfixiándolo todo con sus sombras.

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