jueves, 14 de noviembre de 2013

LA CICATRIZ


No se lo ha pensado antes de venir a interrumpirme con una sonrisa, porque aunque tiene claro que odio que me molesten mientras leo, también sabe que con él hago  todo tipo de excepciones.

─Cariño, ¿qué haces agazapada entre tantas letras? –pregunta  haciéndose un hueco a mi lado en el sofá. 

─Intento terminar este relato.

─Y es de lo más interesante, ¿a qué sí?

─Mucho.

─Ya sé que corro el riesgo de ganarme  una patada en el culo, pero tengo algo que contarte. Además –añade zalamero─ te has pasado casi toda la tarde aquí tumbada, ignorándome, y sabes que eso me pone enfermo…ya siento la opresión en el pecho y empiezo a respirar con dificultad…

Aparto los ojos de la página.  Sonrío ante esas manos crispadas sobre el pecho y esa mueca retorcida.

─Ya veo, ya.

 ─Y duele como si tuviese un cuchillo partiéndome en dos.

─Puedo imaginarlo.

─No, no puedes.

 ─Buf, vale…está bien, me rindo. Venga, cuentista, dime qué quieres.

 ─Bueno, espera… hay otra cosa que casi me preocupa más…

─No me digas.

─Sí.

Cierro los ojos cuando comienza a besarme el hombro. Desliza la tira del vestido de algodón hacia abajo, liberándolo. El libro cae sobre mi pecho. Él lo aparta.

─Me  asusta que te pases tanto tiempo leyendo a este tipejo ─susurra─ creo que hice mal en presentarte a Cortázar… ¿Y si acabas enamorándote de él? No podría soportarlo.

─Cortázar murió hace más de veinte años  ─le digo, riéndome.

─Lo sé, mi vida, pero yo cuando se trata de ti, me celo hasta de un fantasma, y quién sabe por dónde andará…, shh… quizá podamos sentir su presencia…

 Aparte del levísimo zumbido del ventilador de madera que refresca la tarde, lo único que oigo es mi  respiración acelerada al sentir la cercanía de sus labios. Le miro:  en sus ojos veo el reflejo de mi propio deseo.
Me besa. Mi lengua busca enredarse con la suya al sentirla dentro de mi boca.
Se aparta ligeramente. Ahora es él el que sonríe. Mi mano le acaricia la cara. Las mejillas. La línea de su nariz. Los párpados. Me detengo sobre la cicatriz que tiene sobre la ceja. Esa cicatriz. Anclada a la ceja como una palmera a su isla. Algo inclinada sobre sí misma. Solitaria. Como él a veces.

      ─Y el olor de tu piel siempre que te tengo cerca... Eso sí que va a acabar por volverme loco…

Se me escapa un gemido cuando su cuerpo se recuesta sobre el mío presionando  con suavidad mi cadera. Sus labios se alejan de los míos y buscan mi cuello dejando una estela de piel inquieta, alborotada.

─Parece que, a pesar del calor  de agosto, puedo hacerte sentir algún que otro escalofrío ─murmura mientras su lengua llega a mi pecho. Mis manos se deslizan entonces por su camiseta, tratando de hacerse un hueco por su pantalón.

─Eh, espera ─dice levantando la cabeza.

─¿Qué?

─No, espera… espera…Ya te he dicho que quería contarte algo, amor mío.

Ese amor mío se me deshace lento en el paladar. Trato de volver a atraerlo hacia mí. Me sujeta las manos con delicadeza. Mis ojos se quejan con un por qué. No contesta. Me revuelvo incómoda, pero no me concede los segundos que necesito para enfadarme:

─Es importante.

Le miro. Un mar de arrugas se dibuja sobre su frente: me sorprende esa seriedad repentina.

─Eh, cariño, ¿qué pasa? ─le digo.

 Se incorpora para sentarse a mi lado.

—Quiero contarte algo que sucedió hace años. Cuando era un adolescente.

 ─Anda, yo creía que lo sabía  casi todo sobre ti, y mira tú por dónde, ahora me vienes con secretitos ─le digo sonriendo.Pero no me devuelve la sonrisa.

─Ha sido una broma tonta, perdona. Venga, soy toda oídos.

Me mira fijamente: de repente parece indeciso.

 ─¿Te apetece una cerveza? A mí sí. Espera, voy a por un par de ellas a la nevera. 

Se aleja por el pasillo antes de que pueda añadir nada. Miro hacia el ventanal de la terraza; el visillo blanco se mueve suavemente dibujando ondas: parece que el atardecer nos trae por fin algo de brisa: salgo para sentirla. Me apoyo sobre la barandilla, recalentada igual que el terrazo bajo mis pies por el sol de todo el día.

─Qué pena que con tanto tejado, no podamos ver una auténtica puesta de sol ─se queja entrando con las cervezas en la mano.

Mis ojos, sin embargo, disfrutan con ese ocaso sobre el horizonte de edificios y  bullicios ajenos. La cerveza está fría, bien fría, como sabe que me gusta. Le doy un trago largo. El también se apoya sobre la barandilla, a mi lado.

─Fue cuando estaba en el instituto y salía con Marta ─comienza a explicarme─. Me sentí muy mal cuando me dejó, ya te lo he contado, pero lo que aun no te he dicho es  hasta qué punto aquello me dejó hecho polvo: fui incapaz de levantarme de la cama en semanas, aunque no podía dormir. No quería comer. Dejé de ir a clase, de salir de casa, de contestar a las llamadas telefónicas de  mis amigos. Todo dejó de tener importancia.  Nada tenía sentido. Por eso lo hice.

 Me giro hacia su perfil al escuchar esa última frase. Ahora es él el que bebe un trago largo.

─Lo planeé durante días ─continúa─, fantaseando con las distintas formas de hacerlo. Al final, me decidí: mi abuelo tenía en su casa una escopeta de perdigones.

 ─¿Qué?

─Algo salió mal ─añade─. Después del  llanto de mis padres, las semanas de hospital,  y todo eso, ya sólo me quedó…

Se gira hacia mí y se lleva la mano a la frente, sobre la ceja. Un escalofrío me eriza la piel.

─¿Me estás diciendo que intentaste suicidarte?

─Sí.

Ahora soy yo la que vuelve la mirada hacia ese cielo recortado de tejados y antenas.

─Estaba desesperado.

Rastreo el horizonte. El sol va a ponerse. Mis ojos se detienen en el campanario de la iglesia vecina: hay un gorrión sobre el voladizo del tejado.

─No sé… Para mí el amor lo era todo…y sigue siéndolo, es lo único por lo que vale la pena vivir, ¿no crees?

Las sombras han comenzado a arrastrar su negrura sobre las fachadas.

─Amor mío ─le oigo decirme.

No puedo apartar los ojos del pájaro: se ha acercado al borde, desconfiado, yendo a saltitos de un lado a otro a lo largo del tejadillo. Quizá tenga miedo. Quién sabe del miedo de los pájaros a volar. Hay mucha altura desde aquí arriba.

─Amor mío, ─insiste─ dime algo.

  Siento su aliento cerca de mi cara. Una de sus manos ─quizá con la que apretó el gatillo─ trata de coger la mía. La miro. Me parece estar viéndola por primera vez. Esa mano que conoce todos y cada uno de los pliegues más íntimos de mi piel y sin embargo, ahora no parece la misma. No. A la mía la sacude un pequeño temblor, como un aleteo asustado. No entiendo por qué ha tenido que contarme algo así.

─Mírame ─dice, tirando con delicadeza de mi barbilla hacia la suya─. Quería que lo supieses todo sobre mí, que no hubiese ningún secreto entre nosotros.

─¿Y quién demonios te ha dicho que yo quería saberlo todo sobre ti?

─Dentro quedó alojado uno de los perdigones —se excusa—. Se vería perfectamente con una radiografía o con cualquier otra prueba…

Levanta su mano con la mía atrapada debajo. La lleva hasta la cicatriz. La palmera  ha desaparecido; en su lugar hay piel de un brillo carnoso. También percibo con el dedo un ligero hundimiento en el centro de ese remiendo vertical cosido con urgencia. La piel está ahí más rugosa. Y sí, hay algo duro. Mi mano se aparta con la rapidez que concede la grima.

─Lo siento… Es que…

─Tranquila. Déjame que te abrace.

Siento sus brazos aferrados a mi espalda. No quiero que me abrace, me está apretando demasiado. Por encima de su hombro, busco el campanario. El pájaro sigue ahí. Ha desplegado las alas.  Pero permanece quieto. A la espera de algo, quizá.

─No quiero que esto cambie nada entre nosotros.

No sé qué tengo que decir, no sé qué espera que le diga…
Vuelvo al pájaro. Sigue inmóvil. No entiendo porqué no se mueve, por qué no se echa a volar… Me invade algo raro al verlo ahí, tan quieto, tan frágil. Tiene que hacer algo; no puede quedarse: está oscureciendo de prisa. Y es pequeño. Ha de buscar cobijo antes de que sea demasiado tarde…

─¡Vuela! ¡Tienes que irte! ─le grito liberándome de los brazos que tratan de retenerme y agitándolos para que pueda verme desde allí.

Espoleado por el miedo, agita con fuerza sus alas y levanta el vuelo.

─Quizá no tendría que haber…

Imagino su pequeño corazón desbocado bajo el plumaje. Mis ojos se aferran a ese vuelo que lo llevará lejos. A salvo. Volando largo en el horizonte.

─Amor mío ─oigo de nuevo─.

Le sigo hasta que desaparece.
Y entonces sí, siento cómo el terrazo ha comenzado a enfriarse bajo mis pies.





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