domingo, 10 de noviembre de 2013

LA CONDENA




… Ni mencionaba lo que sólo ellos dos conocían y que nadie había podido probar contra él en el juicio… ella tan solo se acercaba muy despacio e intentaba que entendiese el mensaje: Te perdono. Déjame partir. 
Pero todo era inútil: él apretaba los ojos aterrorizado, se tapaba los oídos y aporreaba la puerta hasta que ellos regresaban con sus batas blancas para atiborrarlo de tranquilizantes  que le hacían dormir durante tantas horas.
Nada cambiará ─murmuraba entonces al pie de su cama, sabiéndose condenada a permanecer a su lado y a sentirse igual de muerta que cuando aún estaba viva.

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