sábado, 18 de enero de 2014

Inconfundible



Pero esta vez, ella lloró y él supo que sus lágrimas eran sinceras. No como las otras: las fingidas, tantas veces, a la tibieza mortecina de una cama compartida, jurándole que sólo le quería a él; falsas como las que tenían la sustancia amarga de cenas llenas de silencios; falsas como todas aquellas infamias sobre los celos de él.Todas falsas.
Pero esta vez sí eran lágrimas sinceras: lo supo porque fueron las que imploraron además, mil y un perdones nunca dichos. Desordenados. Inútiles. Lágrimas que llenaron unos ojos tan abiertos. Y con un regustillo salado al probarlas después. Real. Inconfundible.

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