jueves, 23 de octubre de 2014




Tú y yo,
aquel febrero a prueba de nieve y silencios,
detuvimos el tiempo al tropezarnos.

Nos reconocimos 
como si llevásemos vida y media
-no sé si esperándonos-
pero sí deseándonos.

Campo a través de nuestra rutina,
corrimos hasta dar el uno con el otro.
Piel con piel.
Al fin.
Hora punta.
Acompasando,
tú,
yo,
nuestro.

No hizo falta mudanza,
cambio de cerradura
o ropa al clareo;
nos brotó una piel nueva,
apacible,
distinta.
Fácil.

Pequeñas golondrinas bajo las plantas de los pies,
volcando palabras
que guardábamos para la ocasión.

Gritos,
sonrisas,
sin límite.
Desafiando cara a cara
a la felicidad y su definición.

Fuimos reales.

Alguien, al contemplarnos, musitó la palabra amor.

Créeme, 
no tuvo nada que ver con eso.

Aquel febrero,
inesperado en sábanas
donde escribir versos,
tú y yo
rompimos el molde a la palabra invierno,
e insomnes
de cualquier letargo
y más vivos que nunca,
logramos el más difícil todavía:
fuimos poema.









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