martes, 10 de febrero de 2015





Ahora que he entrado de lleno en tu vida,
he visto de frente tus miedos


Reconozco que los adivina a lo lejos,
pero quise imaginarlos a mi gusto:

alocados,
veloces,
fugaces,
no sé,
como un viento que soplaba haciendo mucho ruido en tus contraventanas,
pero nada más;
porque estaban de paso,
porque se irían con la misma velocidad con la que una vez habían llegado.


Así me los soñaba yo en la distancia:
inconsistentes y efímeros.


Pero resulta que ahora estoy aquí,
frente a la piel de tu fachada
y me sorprende la calma,
y que no sople ni una leve brisa.

Todo en armonía,
y ahí dentro un hogar,
el tuyo y quizá también el de tus miedos.


Compruebo que son las cinco letras de tu nombre
las que están grabadas en el buzón de tu puerta.
No, no me he equivocado:
es tu nombre.
Es tu casa.
Eres tú.
Y también están ellos.
No son tormenta,
los has instalado,
e incluso veo por la ventana que
has tapizado un sofá con su estampado,
y también les has construido un jardín con cercado de madera,
y un sistema de riego por goteo.


Parece que os entendéis
y quizá me atrevería a asegurar
que sois felices.


 Qué extraña llegada a meta la mía
ahora que había entrado de lleno en tu vida.



Me miro los zapatos,
giro sobre mí misma,
 y paso a paso, comienzo a desandar
el camino que me llevó hasta ti.



No. No voy a volver la vista atrás.
No, porque me conozco:
podría volver a modelarte al capricho de mis deseos,
a soñarte
y a imaginarte así,
como no eres.















 

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