miércoles, 25 de marzo de 2015















NAÚFRAGO



Salgo del aseo en aquel bar. Miro hacia el frente y ahí estás tú. De pie. Mirándome. Como yo a ti.
Ha pasado el tiempo, pero no hemos pasado nosotros: vuelvo al instante de destino que nos hizo encontrarnos hace meses, pero ahora pareces distinto. Ya no leo el frío en tus ojos, ni el miedo a morir congelado bajo tu propia piel: has sobrevivido a aquel naufragio.
Tu mirada me sonríe; es cálida. 
Tus ojos buscan el nacimiento de mi escote bajo el primer botón de mi blusa.
Sé lo que esperas. Por eso voy hacia ti.

Abro los brazos y enlazo con suavidad mis manos por detrás de tu nuca. Te envuelvo.

Los tuyos también lo hacen, pero en seguida me sueltan: tus manos tienen la urgencia de ir hacia mi pecho. No podría ser de otra manera.

Lo alcanzan.

Se posan en él.

Y yo les dejo. Ir y venir, rozando, palpando con suavidad, un casi nada, como quien busca bajo una tela el aletear de un pajarillo atrapado.

-Está ahí y está bien, tranquilo, -te susurro-.
Suelto mi mano, cojo la tuya y te llevo donde sí, donde tú también puedes sentirlo. Ahí está tu corazón, a salvo.
-Ya te dije que cuidaría de él hasta que pudieses regresar para buscarlo.

Se te escapa un suspiro y sé que es de alivio.
 Dejas de buscar, me miras, sonríes y ahora sí,
también me abrazas.


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