martes, 9 de junio de 2015





Conexión

Nuestros cuerpos no se rozan.
No paseamos de la mano por la calle.
No nos regalamos un abrazo al doblar cualquier esquina y encontrarnos.
Tampoco nos asaltamos la piel cuando uno de los dos entra por la puerta de la casa que no compartimos.
Ni nos bebemos juntos el café de la mañana, sentados en las sillas de una cocina que no existe.
Ni siquiera jugamos a enlazar nuestros ombligos bajo las sábanas de una cama que nunca hemos deshecho.
Sí, nuestros cuerpos no se rozan.
Pero hay que ver lo enredadas que tenemos nuestras almas.
Así, en la distancia.





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